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El queque de la Flaca


Nacemos con cerca de diez mil papilas gustativas que se regeneran cada quince días y en el lento proceso de autocopiarnos, algunas de las células de nuestro cuerpo no lo hacen de la misma forma, otras simplemente dejan de hacerlo. Esto es envejecer y no lo hacemos solo en nuestra piel, también en nuestros sentidos y por supuesto, nuestra memoria.

A veces pienso en el futuro, cuando mi cuerpo sea una mala y borrosa copia de una versión joven de mi, me imagino chupando un limón y reclamando que ya no son tan acidos como los de antes, que ya nada es como antes.

Con cinco mil papilas gustativas menos, espero tener la lucidez al menos para recordar esto y quejarme menos.

Todo esta reflexión sobre la vejez sucede mientras estoy visitando a mi madre. Mis sobrinos  justamente juegan a evitar arrugar la cara mientras chupan un limón, mientras ella y yo revisamos viejas fotografías que quiere que digitalice, “Para que no se pierdan” me dice.

Me pasa un álbum grande y pesado forrado en en terciopelo rojo y verde. Son las fotos de su matrimonio, todas en blanco y negro, separadas por una lámina de papel café translúcido entre hoja y hoja.
Reconozco a casi todas las personas que allí aparecen en sus versiones jóvenes y hasta infantiles en el caso de mis tíos. La reconozco a ella en perfecto blanco, velo y minifalda. “Era tan loca en esa época” me responde riendo cuando le pregunto si era común que las novias mostraran tanta pierna en esos años.

Sin duda eran otros tiempos. 1971 fue el año que mis padres celebraron su matrimonio por la iglesia. Ahí recién esas dos familias del Cerro Alegre se juntaron y se tragaron sus rivalidades por decadas acomuladas. Once meses mis papas mantuvieron oculta su unión civil, fue el terremoto de ese mismo año que se encargó de revelar el secreto.
Mi papá escondió la libreta de matrimonio en un gran jarrón chino que coronaba la parte más alta de una vitrina, lo único en toda la casa que se rompió con el movimiento de la tierra.

En ese albúm de fiesta obligada no aparece una de mis abuelas, la mamá de mi madre murió cuando ella tenía trece años.
Recuerdo cuando me contó sobre eso, yo tenía menos de diez años, estábamos en Quillota visitando a mi otra abuela, su suegra. Allí tomé dos decisiones. La primera fue tomar la mano de mi abuela y juntarla con la de ella “Toma, te regalo a mi abuela, mi papá ya ha tenido mamá mucho tiempo, el no se molestará ya que siempre me dice que hay que compartir todo”. La segunda fue “No hacerte pasar penas, porque no tener mamá es una muy grande y no te mereces más”

-”¿Te acuerdas de esas promesas flaca?. Si hubiera sabido que sufrirías tanto con la muerte de la Ita, no te la habría regalado nunca.
-”Me diste otra mamá, eso no es algo que todos los hijos le den a su madre”
-”¿Ves lo aburridos y poco originales que son mis hermanos regalandote nietos?”
-”¿Quizás deberías replantearte la segunda promesa si no me haces abuela no?”
-”Sigamos viendo fotos mejor flaca”

Me pasa otro álbum con unos veleros en la tapa y me dice que son solamente fotografias de nosotros, los hijos.
La primeras fotos son de mi hermana, en blanco y negro y con los bordes en zig zag, la típica foto de la guagua sentada vestida de blanco, cumpleaños, primera comunión, y así llegamos hasta la mitad del álbum y nada de mi. “Son seis años de protagonismo que tiene tu hermana, es lógico” me dice. Me salto varias páginas y aparece una foto horrible de mi.
-“Es la que te regaló mi padre, ¿te acuerdas?”
-Como si fuera ayer. le digo.

De los tres, soy el único que no tiene una foto de guagua tomada en un estudio. Me han dicho que lo intentaron, pero jamás paré de llorar, varios fotógrafos simplemente le pidieron a mi mamá que me llevaran a otro lado o que me dieran un calmante.
Los años pasaron y la foto nunca se tomó. Mi abuelo, al parecer contrariado por no tener la foto del hasta ese momento único nieto varón, me fue a buscar un día a la casa y le dijo a mi mamá que iríamos a dar una vuelta.

Solíamos salir mucho con mi abuelo, pero nunca solos, recuerdo que me sentía extraño, como si me llevaran engañado al dentista.
Por la fecha escrita al reverso de la fotografía sé que tenía cuatro años, pero ningún detalle de ese día se me ha diluido en la memoria.
¿Será que al igual que las papilas gustativas que se pierden con los años, nuestra vista ve de forma diferente? Se que la visión disminuye con la edad, pero la percepción de los colores, ¿Será la misma? Todos mis recuerdos de infancia tienen otros tonos, la luz del sol es más amarilla y los azules más profundos de los que normalmente veo ahora.

Ese día bajamos de la mano por calle Carampangue, mi abuelo era un hombre alto, delgado y elegante, siempre con pañuelo asomando de su chaqueta a tono con su corbata. Sombreros de tela con cinta de seda en invierno y de esterilla en verano.
Me llevó a Ropas Colón, donde me compró una jardinera de cotelé color burdeo, una camisa escocesa en tonos similares, calcetines azules y un pañuelo de tela para llevar siempre en el bolsillo del pantalón.
Después entramos en la zapatería La Unión y eligió unos zapatos de un azul oscuro pero muy brillantes que hacían juego con algunas líneas de la camisa.
Pasamos a comprar galletas en una de las confiterías del barrio puerto y me dijo que iríamos donde un amigo que sacaba fotos, que si yo quería me tomaban algunas.
En mis recuerdos yo nunca hablo, no tengo voz. No es que no logre recordarla, yo simplemente no hablaba con nadie que no fueran mis papás. Un doctor dijo que solo era timidez, que pasaría con el tiempo.
A todo lo que me decía mi abuelo yo asentía con la cabeza.

Fuimos al Estudio fotográfico Díaz en calle Blanco, al mismo que unos meses atrás me llevaron como último intento..
Recuerdo que tras un biombo me puso toda la ropa y zapatos recién comprados, y me dijo: “Te habría llevado donde José para que te cortara el pelo, pero no quiero problemas con tu papá, él sabrá porqué te lo deja crecer tanto. De todas formas te voy a peinar y poner estos elásticos para que en la foto te veas con el pelo corto”

Así, con dos elásticos en la nuca que que me tiraban los crespos largos y negros que me llegaban a los hombros. Me indicaron que me parara sobre una cruz marcada en el piso.
Yo estaba nervioso e incómodo, pero sentía que era ya muy grande para llorar, si mi mamá hubiera estado ahí seguro lo habría hecho con confianza y escándalo.
-¿Estás listo niño? Cuando diga tres sonríe y te quedas quieto.
-uno, dos y tres… ¡pero sonríe!
-¡Sin elásticos! dije.

El señor Díaz miro a mi abuelo buscando una reacción, pero no encontró más que un señor con la boca abierta.  Mi abuelo me escuchó hablar por primera vez, nunca lo hice delante de él.
Me saqué los elásticos, agite mi cabeza con fuerza para soltar mi pelo y dije, estoy listo.

Mi mamá está en silencio, una lágrima se precipita por su mejilla  y varias más se juntan en sus ojos. Jamás le había contado los detalles de ese día, mi abuelo tampoco.
Me tiene la mano tomada con fuerza y en la otra sostiene la única foto de mi que existe con pelo largo, salgo con los brazos rectos, el ceño fruncido y las manos empuñadas, en cada una aprieto un elástico con algunos pelos enredados en ellos.


Este texto pertenece a un ejercicio de relato personal que escribí durante el taller de crónica de La Juguera Magazine en el 2016.

Sobre el quque de manzanas, solo les puede decir que es el mejor queque de manzanas del mundo y que la receta es la que tienen todas sus mamas. Es probable que ya la tengas, pero si no, es momento de pedirla y hacerla parte de ti y así en un futuro poder entregar esa receta también.

Hay la Flaca no está para hacerme otro queque, hoy me toca hacerlo a mi solo con los recuerdos y así mantener viva una parte importante de ella que me entregó durante esos momentos; su amor
.

8 Comentarios

  • Reply
    Marisol
    julio 31, 2018 at 10:40 am

    Que lindo Braulio, es que sabores son Amores, me hiciste recordar a mi Mamá y que con sus aromas desde l covina perfumaba y llenaba de amor nuestra casa, hoy sin darme cuenta soy yo la que perfumo de amor mi casa y mis hijas lo disfrutan… como me hace falta su amor y aroma

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    Pixel
    julio 18, 2018 at 9:21 pm

    Que texto amigo, bellos recuerdos, la memoria del corazón. Estoy segura que es el mejor queque. Te quiero

  • Reply
    Belen
    julio 18, 2018 at 1:13 pm

    Gracias braulio por compartirnos tus vivencias personales… Escribes maravilloso, con tus palabras y tu disposiciónn a compartir, me has hecho revivir recuerdos y a emocionarme mucho !! Gracias por tu honestidad!!

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    Maria Teresa Divin
    julio 17, 2018 at 2:34 pm

    Te leo y quiero instintivamente, frente al álbum y esas lágrimas que se asoman, tomar la mano de tu mamá… decirle que no llore, que aquí te estamos abrazando de distintas formas… que tu pelo lo llevas como quieres porque ella te enseñó a soltar mil elásticos. Y leo con olor a queque, con olor a horno, con olor a hogar.
    Gracias por abrir tu corazón y tus escritos, junto con tu riqueza y cocina. Te quiero!

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    Juan Pablo
    julio 17, 2018 at 2:01 pm

    Me dejaste sin palabras, solo recuerdo a mi mama que tan buena ha sido conmigo.
    Saludos Braulio

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    Pepe Acevedo
    julio 17, 2018 at 1:48 pm

    querido Braulio, gracias por compartir tus memorias con nosotros, abrazos

  • Reply
    victoria
    julio 17, 2018 at 1:17 pm

    Panbatido, escribes como cocinas, revolviendo con sabiduría, cada fibra ligada a un sentimiento,cada imagen con un color, temperatura y olor, gracias por compartir… te admiro amigo.
    Victoria, @pailagreda

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    Angela
    julio 17, 2018 at 4:58 am

    queque de manzana fue “la receta” de queque que me enseñó mi mamá … con mermelada de Damasco encima .. que se hacer hasta con los ojos cerrados … junto con cazuela de vacuno son las dos recetas que aprendí, no sé a los 9/10 años? … y mientras ella me la ensañaba ( y siempre que me enseña a cocinar algo) me contaba que lo primero que aprendió a cocinar fue carbonada, en una ollita enlozada de juguete (pero de verdad) que le compro mi abuela .. porque era tan importante la carbonada? Porque ese era el plato favorito de su gato pelusa, que fue primer gato y que era amarillo igual que el gato de mi hija y que tu Toffee… estoy desvelada y se me planta un lagrimon pensando en queque/manzanas/gatos/doña Ángela y su carbonada/doña Astrid/Toffee/tu/yo/ el café/la vida y sus cosas/ el pan … ojalá estés soñando con los angelitos y con tu mamá al laíto… te quiero, lo sabes y cada vez que puedo lo demuestro y lo grito porque la vida es hoy mañana no sabemos … que tu despertar sea precioso y tu día lleno de cosas lindas … un beso .. Ángela

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